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Autismo y vida adulta

En la actualidad, el paradigma de la neurodiversidad posiciona al autismo como una diferencia neurológica que es incapacitante en el contexto social y, por lo tanto, se aleja de la visión médica de un trastorno.

Dentro de la misma línea, varias publicaciones recientes recomiendan el uso de un lenguaje de neuro afirmación alternativo en lugar del lenguaje médico tradicional con el objetivo de aumentar la aceptación de las personas autistas y reducir los prejuicios. Es por ello, que parte de esta aceptación es el uso de palabras que describen el autismo como parte de la identidad de alguien y enfatizan las fortalezas o necesidades individualizadas.

Sin embargo, este camino de transformación no ha sido fácil, bien lo saben las personas adultas autistas que, durante la mayor parte de su vida, se vieron enfrentadas a una serie de diagnósticos erróneos que han afectado su calidad de vida. Desde trastornos del estado de ánimo hasta trastornos de personalidad, el autismo ha sido malinterpretado y subdiagnosticado, lo que ha llevado a una falta de comprensión y apoyo adecuado.

Este cambio de lenguaje, creencias, y paradigmas, nos interpela a transitar hacia modelos de valoración diagnósticos éticos y de buena práctica, sobre todo en personas adultas autistas, donde las estrategias de “camuflaje” y “acomodo social” se incrementan, impactando en su salud mental y bienestar emocional. Desde allí, la invitación está puesta en una comprensión más continua de la neurodiversidad y el “reconocimiento” en lugar del “diagnóstico” del autismo.

Los adultos autistas merecen comprensión, respeto y dignidad y eso implica, además de una valoración diagnóstica ética, acceso a servicios y apoyo de calidad para garantizar que se satisfagan sus necesidades básicas y, por lo tanto, permitir la plena inclusión comunitaria.

Esto requiere un enfoque en sus competencias y posibilidades de autonomía, así como una comprensión profunda de sus necesidades individuales y los recursos disponibles para satisfacerlas.

En última instancia, avanzar hacia una sociedad verdaderamente inclusiva implica un compromiso con los derechos humanos, la dignidad y la igualdad de todas las personas, incluidas aquellas en el espectro autista. Solo al reconocer y valorar la diversidad de la experiencia humana podemos construir un mundo donde cada vida esté conectada y respetada.

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