FOGÓN CULTURALGUARDIÁN DEL MITO

CARLOS DROGUETT PRESENTE

Por Mauricio Redolés

Fui invitado por Paola Irribarra Pérez, la profesora a cargo de A.L.C.I.N. (Academia de Letras Castellanas del Instituto Nacional), fundada en 1940; que es la Academia más antigua del colegio, a dar una charla con un conversatorio posterior a los alumnos y alumnas sobre mi oficio de poeta.

Deben haber asistido unas cien personas. Como es habitual es ese tipo de charlas, comencé contándoles como a los 17 años se me dio la tarea de escribir un ensayo sobre alguna novela de una lista que nos fue recomendada por don Miguel Ángel Vega, rector del Liceo Miguel Luis Amunátegui, y quien oficiaba además de profesor de Castellano. No recuerdo con precisión cuales eran las novelas recomendadas, pero sí puedo recordar que cada vez que nombraba una obra, decía dos o tres frases para entusiasmarnos.

Lo que sí recuerdo con precisión era que nos recomendó “Patas de Perro” de Carlos Droguett. Y cuando la recomendó nos dijo una sola cosa: “Lean esta novela para que se den cuenta cuán miserable son nuestras vidas”. Esa sola frase me hizo correr hacia la biblioteca a pedir ese libro. Esa era una época en que me había dado cuenta que ya no sería futbolista, que era mi único gran deseo. Ser arquero del equipo de mis amores, la Universidad de Chile, y reemplazar en el tiempo a Manuel Astorga, al gran ídolo de mi infancia y adolescencia (de la cual me alejaba vertiginosamente y ya a punto de cumplir 18 años). En esa época me daba cuenta que mis sueños de niño solo quedarían como lo que habían sido, es decir, sueños. Ciertamente me sentía desorientado en que haría con mi vida en términos de una pasión, de un oficio, que abarcara el motivo de existir. Al terminar “Patas de Perro”, ya sabía lo que haría. Pensé que aparte de estudiar una carrera en la universidad sería escritor.

Siempre he dudado si realmente soy escritor. O sea, si soy “Un peral que da peras”. Como alguna vez le respondió don Carlos a su hijo Marcelo en una conversación en que su hijo le pregunta a don Carlos qué es ser escritor. Conversación que queda grabada en un video casero y el cual tuve el privilegio de ver gracias a la generosidad de la nieta de don Carlos Rebeca Droguett, en una agradable velada hace un poco más de un año atrás.

Y ahí estaba yo, frente a ese grupo de adolescentes y su profesora una fría mañana de junio del dos mil veinticuatro, un día antes de cumplir setenta y un años, tratando de contarles que yo daba peras. De pronto recordé y les narré que, siendo preso político de los servicios de inteligencia de la Armada de Chile, y luego de la consabida tortura en la siniestra Academia de Guerra Naval. Fui a dar por consecuencia de las golpizas al Hospital Naval. Allí en un cuarto individual y con un guardia armado en la puerta y en estricta incomunicación se me acercó una enfermera que violando todas las reglas de esa incomunicación me dijo: “Lo veo mal, ¿qué podría hacer para ayudarlo a que se sienta mejor? Le respondí: “Tráigame algo para leer”. Ella volvió al día siguiente con cinco libros, a saber: “El misterio del Caballo bayo” de Agatha Christie, “Lina y su sombra” del poeta Oscar Castro, “El bebé de Rosemary” de Ira Levin, novela la cual se había transformada luego en un exitoso film. Otra novela más que también luego se había transformado en un film en que actuaba Sofía Loren, y que trataba de una solterona con una madre postrada con Alzheimer, y que tenía un “affaire” con un hombre de izquierda, y el quinto libro que me trajo fue “Patas de Perro” de Carlos Droguett.

Entonces entendí que “Bobby” no me había abandonado. Que el hombre que trataba de rescatarlo de su destino, Carlos, tampoco me abandonaba. Y que ambos llegaban junto a su autor a decirme: “Sí, Mauricio Redolés. Sí, sí, sí. Tú has hecho lo correcto. Por eso estás aquí. Y por eso hemos llegado a visitarte”,

Les conté eso y un muchacho de 16 años pidió la palabra, y todo lo que hizo fue abrir su mochila y extraer un ejemplar de “Patas de perro”. Y acto seguido otro muchacho pidió la palabra, y nos contó que para la pandemia en la soledad de su cuarto había comenzado a escribir. Cuando su abuelo se enteró de la nueva afición de su nieto le había recomendado leer “Patas de perro”. Entonces entendí que yo estaba dando peras. Y que, en esa pequeña multitud de jóvenes, ya había perales nuevos.

El Guardián del Mito: Rosabetty Muñoz

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