FOGÓN CULTURALGUARDIÁN DEL MITO

CRUZ

Una sorpresiva nota de Germán Carrasco

Luego del Vipasana de Putaendo y la relectura de No era yo esa persona

Luego de un retiro de 10 días de silencio en un templo en Putaendo, cerca de San Felipe, debí tomar una micro con campesinos y buscarlo, avisarle si quería almorzar o tomar algo. Cristian Cruz es un poeta de una ruralidad radical o que busca la radicalidad en la cultura rural. Sus libros honestos me encantaban. Aunque me dijeron que se había cambiado montaña adentro. Cuando lo conocí vivía en una pequeña casa social con una biblioteca, un acordeón, un traje de baile chino, que es una especie de carnaval de la zona central dedicado a la virgen. Me mostró todo eso. El baila eso soplando unas cañas, algo medio mántrico, una especie de marcha fantasmal que interrumpe el silencio y el calor tórrido de la precordillera de la zona central en homenaje a la Virgen, algo similar a los carnavales bolivianos pero más cristiano y penitente, más monótono.  Una vez me invitó a comer, primero había que ir a comprar choclos en su auto. Yo pensé que íbamos a ir a un almacén. No, fuimos a una chacra y era muy barato, pero uno se tenía que meter a la chacra con un saco y uno mismo sacar los choclos. Es en San Felipe, el sector de la cordillera en donde hace muchísimo calor seco en verano, una locación que los argentinos llamarían “el interior”. Nunca entendí lo del interior, o sea, me gusta lo hondo, los que se meten a lo más hondo del territorio, donde, por ejemplo, todavía hay cantoras y en ciertas casas o iglesias se canta a lo divino. También se afina la guitarra de otra manera, lo que llaman guitarra traspuesta. He visto pedacitos de grabación porque no es que sean celosos, sino que simplemente no corresponde grabar cuando se está cantando algo religioso. La música es monótona y medio desafinada, honda, rara (yo venía de escuchar a Goenka leer el Dhammapada y su voz es muy extraña e inarmónica), me parece que lo espiritual está lejos de ser armónico y melodioso, al contrario: es pedregoso como la autora de Tala o como Goenka enseñando el Dhamma. Luego de diez días de silencio en donde las primeras noches la propia mente se convierte en un enemigo poderoso que va cediendo de a poco. Al final de la práctica, los rostros de los practicantes de meditación se tornan radiantes y se empieza a percibir más realidad y presencia, es algo muy sencillo lo que quiero decir: soy corto de vista y a veces veía que un pequeño puntito fosforescente en el suelo desértico era una mantis diminuta que no habría advertido sin el silencio estricto y un par de reglas sencillas de meditación. O el olor de un peumo. No se puede intervenir la natura, matar insectos, sacar hojas durante el retiro, pero el olor de un peumo no me lo pierdo y mi tentación —e infracción— fue acercarme, clavar una uña en una hoja (no se pueden sacar) para que diera más olor y acercarme. Es sublime.  Sentí la mirada de alguien a muchos metros observándome. “Un hombre besando un árbol” debe haber pensado el observante porque la imagen era clásica o cliché incluso: un hombre inclinado dando un beso a la amada que está en la ventana o al otro lado de una reja. Sentí la mirada, no me volteé a comprobar nada, en lo posible no hay que comunicarse durante el retiro, ni con la mirada. Quizás por eso en el retiro hay alguna gente de artes marciales, también mucha gente de sicología, de danza, y consumidores del supermercado espiritual, new age, gente de la que no diré palabra, pero muy lejana a cualquier espiritualidad o búsqueda. Para salir del retiro tuve la mala idea de unirme a un auto, fui el único que hizo una cooperación voluntaria. No fue buena idea, algunas conversaciones deterioran el resultado del retiro. Por eso debí pasar a ver a Cruz, porque su libro No era yo esa persona me había gatillado muchas emociones, no veía como otros una desesperanza ciega sino los sabores y sinsabores del cotidiano, me pareció medio con un sabor a minimalismo y realismo sucio como denominaba a ciertos norteamericanos que leímos en la etapa en que las lecturas marcan fuerte, la etapa previa a otras búsquedas. Honesto, emocionante, sin trucos. No tenía cómo ubicarlo. Quienes optaron por esa búsqueda y estilo no son fáciles de ubicar de manera virtual.  Escuché conversaciones nueva era callado en el auto todo el camino de vuelta a Valparaíso. En el estado post retiro mirar el mar y el sol es completamente distinto. Quería ver el mar y ver a mi mujer porteña en ese estado antes de volver a Santiago.

Cristian Cruz (1973.)

En el 2003 recibe por “La Fábula y el Tedio” el Premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile. El mismo año es merecedor de la beca de Creación Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. En 1998 recibe la Beca de la Fundación Neruda, Santiago.  

Ha publicado: “Pequeño País” (poemas), Ediciones casa de Barro, 2000. “Fervor del Regreso” (poemas), Ediciones del Temple, 2002. y 2°Ed. 2004.“Papeles en el Claro Oscuro” (Crónicas Literarias), Ediciones Intendencia Regional de Valpo. 2003, “La Fábula y el Tedio” (poemas), Ediciones EDEBÉ 2003 y Reducciones (poemas) ed. FUGA 2008.

Germán Carrasco (1971)

Desde 2016, Carrasco ha publicado los poemarios Mantra de remos, Alquimia Ediciones, Santiago, 2016; Imagen y semejanza, Lumen, Santiago, 2016 y Metraje encontrado, Editorial Hueders, Santiago, 2018.

El Guardián del Mito: Rosabetty Muñoz

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