FOGÓN CULTURALGUARDIÁN DEL MITO

Crónicas de viaje: Navegando por el Bósforo

Son las 20:00 en Estambul – unas siete horas menos en Chile– y acabamos de bajar de un barco que nos llevó a recorrer las orillas del Bósforo donde Europa y la península de Anatolia se separan o unen, según uno mire. Las mansiones imponentes, huellas del pasado, se van mezclando con las nuevas construcciones mientras el sol se pone y los turistas beben o sacan fotos desde el particular modo de cada uno de vivir esta experiencia. “Amerita un vino” dice la escritora Yolanda Soler Onís, nuestra anfitriona y recordamos juntas la bella proposición, muy chilena, de “conversar una botella”. Caminamos, entonces, por el puerto hasta encontrar un lugar amable donde hacer memoria de los largos años de amistad y poesía; aunque parece de Perogrullo, ponemos sobre la mesa la vieja convicción de que los lugares cobran valor por las personas que uno elige para compartirlos. Como en una suspensión temporal / territorial, donde se vive realmente es en la profundidad de los afectos, Yolanda lee su relato Misión Circular: los canales de Chiloé aparecen para describir una historia ligada a los santos chilotes y su origen fundido en las raíces de la familia y la sangre. Los personajes navegan y nosotros con ellos, como en sueños. Al terminar su lectura, se ha creado una atmósfera densa y fragante, por la ventana sigue pasando un enorme barco petroleros con bandera polaca, se han prendido las luces de los edificios y mansiones al otro lado del Bósforo.

Aunque uno quisiera alejarse de la calidad de turistas, de todos modos, estamos en este lugar – frontera del imaginario – y nos entregamos a la visión arrolladora de un cielo imponente traspasado por los minaretes de las mezquitas, a las laberínticas callejuelas adoquinadas, a las vitrinas soberbias llenas de color y a los olores de especias, dulces, de las shishas con sabor a menta y limón. Dirían algunos que hay tanto de manido en estas imágenes, pero son siempre nuevas y nuestras porque son señas y lecturas apropiadas por quienes somos, con nuestras lecturas, equivocaciones, percepciones, recuerdos.

Esta mañana, habíamos salido muy temprano a caminar la ciudad aún dormida con esa luz especial que va reemplazando la artificiosa iluminación nocturna de as ciudades; es la hora en que ya se han regado las veredas para limpiar, los camiones surten almacenes, se abren rejas de comercios madrugadores. Llegamos hasta el palacio del Sultán, pero un guardia fuertemente armado nos dice que falta un par de horas para que se abra a los visitantes, admiramos su emplazamiento y amurallado entorno; las calles cercanas son sinuosas y recuerdan a nuestro Valparaíso. Bajamos hacia la plaza de Sultanahmet donde se encuentra la Mezquita Azul cercada por vallas de resguardo como consecuencia del atentado que mató a muchísima gente en 2016. Recordamos que hace sólo nueve meses hubo otro ataque en el paseo peatona Istiklal en el cual murieron diez personas y quedaron muchas heridas; los hechos de estos últimos años parecen engarzar con el largo collar de la historia: son capas y capas de invasiones, violencia, enfrentamientos que forman el sedimento de la extraordinaria metrópolis que nos maravillaba en la escuela primaria cuando el solo nombre nos transportaba a mundos mágicos y perdidos. Constantinopla.

El sonido de la maquinaria humana se va sintiendo, oyendo, oliendo; pero nada tan fuerte como el llamado a la oración musulmana cinco veces al día que remueve el paisaje sonoro con una letanía que se va incorporando lentamente a nuestro viaje.

En Estambul. Ciudad y recuerdos, Orhan Pamuk cuenta su vida hasta los veinte años, en que decidió abandonar sus estudios de arquitectura para dedicarse a escribir. Habla de su infancia, vivida sobre todo en interiores. Un doble interior: su vida interior en la casa familiar; aunque también vivida los domingos en la calle, junto al Bósforo, paseando en el Ford Taurus de su padre. Habla de su adolescencia, en la que comienza su vida de solitario caminante por las calles entonces vacías de Estambul, y también su vida de fotógrafo, de mirón, de contador de barcos, de lector obsesivo.

Acompañando esta visita demasiado breve, la poesía es siempre atemporal. En esta de Fazil Hüsnü se entrelaza lo vivido, la lectura de Yolanda y nuestros propios afluentes en el río de la memoria.

Latitudes

Fazil Hüsnü Daglarca

Cierras tus ojos profundamente
cuando yo abro los míos.
Nuestras latitudes se cruzan en la misma estrella.
Cuando cierro los ojos, hermano,
tú abres los tuyos.
Cuando nuestras manos esculpen el mármol de los cipreses,
ni el mármol, ni el ciprés, nos familiariza.
Nuestras latitudes se cruzan en la misma estrella.
A la misma hora.
Nuestras casas no están conscientes del gran tiempo.
En la lejanía, los vientos más fríos se alzan,
nuestras oscuridades se siguen la una a la otra.
Nuestras latitudes se cruzan en la misma estrella,
y miramos el mismo cielo en la eternidad,
sin embargo, no podemos vernos el uno al otro.

El Guardián del Mito: Rosabetty Muñoz

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