ARTE EN PANDEMIAFOGÓN CULTURAL

Jorge Loncón, Aactor, Dramaturgo y Poeta

Describe brevemente lo que es y ha sido tu trabajo en el teatro y en la gestión cultural.

Comencé en el Teatro a los 12 años. Trabajé como Monitor de Teatro en la Escuela de Cultura y Difusión Artística, antes de estudiar profesionalmente Actuación en la Universidad de Chile. En Santiago, fui Actor, Director, Académico de la Escuela de Teatro donde estudié y de la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Trabajé en las escuelas privadas de teatro que nacieron en los ochenta y fundé mi propia Academia, llamada Escuela de Arte Dramático DRAN. Esa escuela funcionó hasta 1991. En 1992 vengo a trabajar “un año” al sur, y me radico en forma definitiva en 1994, optando por un territorio y estilo de vida diferentes.  Armo compañías de teatro en Puerto Montt, Puerto Varas, Llanquihue, Maullín. En 1999 soy becado a la Real Escuela Superior de Arte Dramático, de Madrid, para el período 1999-2000. Estando en España, cursé también el post grado en Gestión y Políticas Culturales, en la Universidad de Barcelona. A mi regreso, soy convocado a trabajar en los temas culturales en el Gobierno Regional de Los Lagos.

Cuenta cómo llegaste a la literatura, al teatro y a todo lo que haces en el campo de la cultura. ¿Cuándo y cómo empezó a gustarte?

Desde muy niño, la escritura fue  para mí un vehículo de expresión absolutamente necesario. En el Teatro, a los doce años, actué en la obra “Las cuatro estaciones y el juez de poesía”, de Víctor Molina Neira, dirigido por  su hermana, Marta, que era profesora de mi Escuela. En la adolescencia, se acentuó mi interés por el teatro: escribí, actué y dirigí, guiado y estimulado por quien fuera un gran maestro, don Homero Cuevas Carreño, Director del Instituto Comercial de Puerto Montt.  Desde adolescente, también, escribí columnas de opinión en el diario local.

¿De qué manera ha afectado la pandemia tu vida normal y tu trabajo artístico?

En un comienzo, fue parálisis total. Luego, más allá del tele trabajo, retomé  la tarea de pulir textos propios, una tarea que no termina nunca.  Fue todo muy difícil, porque la catástrofe económica del sector cultural, afectó en forma severa a mis compañeros de Teatro, a nivel local y nacional. En los últimos años, yo he escrito más que trabajar en Teatro, y  en virtud de mi trabajo  en la institucionalidad pública, no  sufrí los rigores de quienes dependen en forma exclusiva de su trabajo de creación o difusión artística. Pero me impactó emocionalmente muy fuerte. Desde el punto de vista literario, me las arreglé para publicar un librito tamaño fono celular, que titulé como Poemas Móviles y trabajo desde hace meses en la adaptación a Teatro de un par de textos poéticos.

Describe cómo son tus días en este tiempo de coronavirus. ¿Escribes, no escribes? ¿Lees, qué lees? ¿Te reúnes con gente de teatro?

Tu pregunta llega cuando han bajado ya las restricciones más duras  impuestas por la pandemia. Nunca dejo de escribir. Columnas (he escrito centenares), poesía, relatos. Pero publico poco, no pongo el  énfasis en ello. Nunca proyecté ni proyecto “carrera literaria”.  Escribo porque necesito hacerlo. Me interesa  mucho el resto, los jóvenes especialmente, y me las arreglo para estar informado respecto de lo que hacen. Leo bastante, sin orden ni plan,  poesía chilena: vuelvo a Teillier, a Lihn, a Mistral;  re-leo a Whitman, a Vallejo, a Kavafis. Poco a poco, he ido contactándome presencialmente con gente de teatro cercana, luego de negarme rotundamente a participar, incluso como espectador, en las plataformas virtuales nacidas de la pandemia. El teatro es un ritual, de cuerpo presente, del aquí y del ahora. No hay sustitutos. Los “derivados” tecnológicos  son otra cosa. No son Teatro.

¿Crees que cambiará algo el ambiente y el desarrollo de la actividad literaria en el sur de Chile cuando volvamos a la normalidad?

No soy muy optimista en eso, pero creo en la necesidad de que ocurra. Es decir, cambiar la mirada marcadamente individualista que tenemos, para dar paso al interés por el quehacer de los otros.

Quienes escribimos – salvo contadas excepciones – tenemos una limitación doble: la primera, es el límite territorial, que implica una frontera “al norte” respecto a la distribución editorial de las publicaciones que se generan. La segunda – salvo contadas excepciones –  es el desinterés por el otro, el intento CERO por conocer qué hace el resto. Lo primero, es una cuestión de política cultural, que es posible modificar. Lo segundo, es una ACTITUD y es más compleja, porque tiene un arraigo  histórico muy marcado. La práctica del  Yo-Yo tiene una alta prevalencia en nuestro oficio. Eso es lo que esta pandemia  y sus efectos  debieran modificar.  Necesitamos estrechar manos, abrazar, mirar y ver rostros, practicar el INTERÉS, como lo planteaba para el Teatro el gran Peter Brook.

¿Qué lecturas has retomado? ¿Qué aconsejarías leer en estos días?

La re-lectura es un ejercicio fundamental. Por deformación profesional, vuelvo siempre al Teatro Griego; a Shakespeare y a Moliére.  En esta pandemia,  además, volví a autores chilenos: Santiván, Marta Brunet, Bombal y Daniel Belmar. En la narrativa de hoy en Chile, hay una notable generación de mujeres, a quienes leo con atención y goce. Pongo entre paréntesis lo que recomiendo: Nona Fernández (La Dimensión Desconocida); Lina Meruane (Sangre en el Ojo); Andrea Jeftanovic (No Aceptes Caramelos de Extraños); Fátime Sime (Carne de Perra); Alejandra Costamagna (El Sistema del Tacto). Me he dado tiempo también para la lectura de textos básicamente de entretención, como la tetralogía “El  Cementerio de los Libros Olvidados” de Carlos Ruiz Zafón.  

Recomiendo, además, dos libros “imprescindibles”: El Infinito en un Junco, de la española Irene Vallejo, y Las Vencedoras, de la francesa Laetitia Colombani.

CARRETERA

Por esta carretera se va para adelante

no podrías virar en U

                           aunque quisieras

en esta carretera infraccionamos

                                   los dolores

embestimos los avisos de stop

                                   velocidades

nos acecha en la curva

más allá del espejismo

un campo-espantapájaros

con los brazos como aspas

que repiten alcanzando el parabrisas

que repiten tras el limpia parabrisas

que no podrías virar en U

                                   aunque quisieras

que por esta carretera

                             se va  para adelante…


(De: Poemas móbiles)

El Arte en Tiempo de Pandemia: Dr. Carlos Trujillo

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