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PERSONAJES ENJUNDIOSOS: Elena Márquez Chodil – Desembarco de piratas y corsarios – Punta Pirulil (Cucao)

Cucao es otro de los sectores mágicos de Chiloé, encantador por la majestuosidad del entorno -prístino y agreste- que invita al deleite pleno de la madre naturaleza: sonora y silente, a la vez. Reside allí -en el poblado del mismo nombre- la familia Chodil-Márquez, conformada por don Víctor y su esposa doña Elena, oriundos del lugar. Tienen tres hijos: Carla, Pedro y Víctor Segundo; se suma ahora al grupo familiar el pequeño Leonardo (1,3 años), hijo de Carla. La familia posee un hermoso predio detrás de la capilla del caserío junto al lago Cucao, en donde han instalado un adecuado camping para turistas: “La Paloma”.

Doña Elena, como lugareña “sabedora” de historias de la comarca, en una de mis últimas pernoctadas en su casa -al anochecer- me motivó para escucharle y comentar una interesante, deslumbrante y fascinante leyenda sobrevenida en las cercanías de los imponentes acantilados de Punta Pirulil, en el sector sur de la extensísima playa de Cucao. Singular leyenda que traté de recoger en la memoria y que ahora documento.

Sucede que durante la colonización del archipiélago chilote por parte de los españoles realistas, incursionaban sus costas -con similares intenciones- piratas y corsarios al servicio o no de otros reinos; como bien narra la historia, éstos eran de nacionalidad inglesa y holandesa, de preferencia.

Las costas del Pacífico de la Isla Grande de Chiloé -por su configuración orográfica- carecen de bahías naturales o de lugares aptos para el desembarco. Las costas, tanto en su sección norte como sur, son muy abruptas -sobre todo las que descienden de las cordilleras del Piuchén y de Pirulil- y en la sección central, frente a Cucao domina una vastísima y ancha playa de finas arenas que maravilla por su longitud; en ella revientan libremente las blanquecinas olas oceánicas, inhabilitándola para el arribo de embarcaciones mayores.

Piratas y corsarios, ávidos por encontrar riquezas, apropiarse de ellas y esconderlas debidamente, encontraron casualmente una especie de rada natural entre los acantilados próximos a Punta Pirulil (al sur de Cucao), que permitía a sus veleros -las más de las veces- el atraque al resguardo de las rompientes, de los ventarrones y de la rigurosidad climática; aun así, arriesgaban la integridad de las embarcaciones y por ende, la de sus vidas, soliendo lamentablemente perderlas en los intentos fallidos. Al decir de los lugareños -hoy- esta pequeña ensenada quedó bajo las aguas post el gran sismo del 22 de mayo de 1960 (9.5° Richter), que hundió el archipiélago cerca de dos metros. A pesar de ello, la leyenda mantiene vigencia y recuerda las fechorías de piratas y corsarios en el sector de Cucao.

“Según el favor del viento” -norweste- en las borrascosas, oscuras y lluviosas noches invernales de Cucao, quienes osen acercarse a las inmediaciones de los acantilados de Punta Pirulil, entre los roncos y/o sibilantes bramidos del viento y la sonoridad -a ratos explosiva- de las rompientes de las olas en los riscos, dicen que se suelen escuchar a la distancia los lastimeros gemidos de las almas de los náufragos perecidos que trataron de desembarcar -en medio de la tormenta- sin lograrlo. Dicen “suplicar” (pedir) “balseo” (traslado) al “Tempilkawe”, para ser recogidas y conducidas al Más Allá.

Según la mitología insular el “Tempilkawe” es el barquero encargado del rescate y traslado de las almas errantes al “mundo espiritual”, en su barca; por ello, a las ánimas de las almas suplicantes en pena les cobra “llankas” (contribuciones) para llevarlas al lugar del descanso eterno. Todo tiene su costo, aún después de la muerte.

Los piratas y corsarios -en su periplos- muchas veces lograron desembarcar con éxito sus preciados tesoros; dicen que éstos solían ser ocultados enterrándolos en las cercanías del lago Cucao, entre los robles y suelen “arder” por las noches emitiendo destellos rojizos (si son de oro) para evidenciar su existencia a quienes tienen la fortuna de verlos.
En estos últimos años se desató en el país y extranjero un boom para visitar este mágico lugar al sur de Cucao, se pusieron en servicio minibuses con salidas diarias desde Castro o Cucao mismo, para así acceder directamente a las inmediaciones de los acantilados y terminar subiendo a una simple y tosca construcción hecha con tablones de madera nativa, semejante a un puente ascendente que finaliza abruptamente; ello permite visualizar en la lejanía el entorno oceánico en toda su majestuosidad. Su singular diseño -trunco y sinuoso- es una interpretación escultórica del autor de la iniciativa denominada “Muelle del Alma”, esto en relación a la leyenda supuestamente acontecida en dicho paraje. Asimismo, se ha colocado antes del arribo a las proximidades un gran retablo de madera en el que se ha grabado el motivo de la existencia del citado muelle y de su nombre. El proyecto (FONDART 2005), resultado de una tesis de Bellas Artes del escultor Marcelo Orellana Rivera para recordar las ánimas de Cucao, fue todo un éxito desde su inauguración en 2007. El proyecto ha sido replicado en otros sitios igualmente atrayentes al interior de Chiloé, existiendo hoy los muelles: – El Caleuche (Puñihuil / Ancud), – de la Luz (Chepu / Ancud), – de las Islas (I. Mechuque / Quemchi), – Chonos, nómades del mar (Palqui / Curaco de Vélez), – Refugio de las Almas (I. Quehui / Castro), – de los Brujos (I. Lemuy / Puqueldón), – del Tiempo (Punta Pilol / Chonchi). Ahora bien, el predio en donde se encuentra ubicado el “Muelle de las Almas” (Punta Pirulil / Cucao) es de un particular y le ha favorecido sobremanera, además de tener gran afluencia de turistas de diversas nacionalidades.

Ahora bien, por los relatos de doña Elena, el muelle bien pudiere llamarse por extensión, “Muelle de las almas de los piratas y/o de los corsarios”, ya que la leyenda lo asocia con el “Tempílkawe”; en la actualidad, los visitantes -por lo general- lo mencionan “Muelle de las Almas” (“Kuy-Kuy Tempilkawe”).

Ha sido un gran acierto la concreción de este proyecto, alcanzando gran difusión. El poder estar de pie en el borde del extremo del muelle -que nos enfrenta a la majestuosidad- resulta muy gratificante, lleva al éxtasis espiritual reconfortando el yo interior. Gracias a esta iniciativa Chiloé es y sigue conociéndose en el exterior, reforzando su denominación como “destino turístico de primer orden”… ¡Viva Chiloé!

Embajador Cultural: Miguel Jiménez C.

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