FOGÓN CULTURALGUARDIÁN DEL MITO

Apnea

Me propongo tomar aire y hundirme en este cuerpo de agua, dar una mirada por las islas del archipiélago donde van quedando especialmente viejos cuerpos que habitan interiores oscuros, una capa sobre otra de humos, vigas renegridas, muebles cubiertos por una pátina de grasa. Las paredes y puertas tienen huellas de dedos, gruesas capas que ya no reconocen su origen, que reposan sobre la mesa de la cocina, que se pegan a pasamanos de la escalera. La casa es un organismo que palpita y que, a través de la acumulación de años de convivencia inestable / desequilibrada, ha obligado a las mujeres a irse quedando en silencio, tras años de duros trabajos domésticos, de soledad acallaron la voz propia. En este ambiente de obligaciones la voz íntima se apagó hace mucho, es otra capa de residuos sobre los utensilios domésticos. No hay palabras en esta profundidad, simbólicamente lo oscuro y las sombras parecen ocupar todo el espacio.

Ellas no pertenecen al país de lo escrito. ¿Cuál es su voz, entonces? Hablan poco, entrecortadas, en voz baja, se repliegan, doblan el cuerpo y echan los hombros hacia adelante, como para proteger (se). Las frases que pronuncian son mínimas, oraciones breves, lugares comunes. A menudo monosílabos, o sólo movimientos de cabeza. Lo que no se dice está bajo capas de ocultamiento, mientras más profundamente se hallan, más cerca de la cruda experiencia, menos palabras hay para decirlas.

La evangelización puso una virgen en las repisas de las casas y en la capilla / iglesia, vírgenes que vigilan la virtud y se erigen como modelo a seguir. En general, todas las imágenes de santos todas sirven para representar lo prohibido / permitido en el comportamiento de los fieles ( San Antonio, por ejemplo, hay que taparlo con un paño o darlo vuelta a la pared cuando empieza el baile en su honor)

Eso que parece silencio está habitado por el barullo de lo oculto.

Incluso en las mujeres más jóvenes, que declaran tener más apertura en la mirada sobre su cuerpo y la sexualidad, cuando se están en grupos con hombres presentes, se silencian y son ellos quienes ocuparon el espacio verbal.

Las mujeres prefieren hablar de las vicisitudes (recuerdan los accidentes, la comida de la abuela, un viaje) repiten una y otra vez las historias como señas de identidad, pero las intranquiliza entrar en temas personales. Incluso dar opiniones, elaborar juicios acerca de lo que ha sido el curso de su vida o si le habría gustado ser hombre, por ejemplo.

El puente de la palabra está cortado ¿cómo hablar con quienes no pueden / no quieren decirse?

Empezamos por escuchar, que es un modo de resistencia en este tiempo de barullo incomprensible.

El Guardián del Mito: Rossabetty Muñoz

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