FOGÓN CULTURALGUARDIÁN DEL MITO

Responsabilidad cívica, afán por el bien común.

Textos de Rosabetty Muñoz.

Hay – una vez más – una larga fila ante la puerta del cajero del banco. Llegan dos jóvenes y, distraídos, se instalan frente a la puerta. Alguien les hace notar que deben ir hasta el final y ellos, levantan los ojos del celular y, un poco indiferentes, lo hacen. Poco después llega una pareja, del brazo y se ponen justo a la entrada. De nuevo le habla la persona del primer puesto diciéndole que hay una fila y el hombre responde amenazante “y qué hueá”; otras personas intervienen dándole argumentos y el repite cada vez más fuerte su frase comodín. Alguien llama a los carabineros, el hombre es agresivo. No llegan. Salen un par de personas del cajero y él entra como si nada extraño fuera y hace sus trámites. Al salir, mira a todos “qué tanta hueá”, dice como para cerrar.

En otro lugar de la ciudad, este fin de semana se abrió el acceso a la recién reformada Playa Arena Gruesa; un lugar emblemático para todos los que crecimos aquí. La belleza del emplazamiento se vio reforzada por instalaciones que facilitan el paseo, la contemplación abierta, para todos los ciudadanos. Pues bien, una semana después de inauguradas las obras, aparece una fotografía mostrando un tope de cemento arrancado de su base, en el suelo. Lo veo en Facebook y se desata allí una buena discusión acerca de las responsabilidades: la autoridad municipal que no ha dispuesto vigilancia; la empresa encargada de las obras que no cumple las normas y se ahorra una buena cantidad de materiales al no poner fierro necesario; la gente (así, en abstracto, genérico) que no cuida su entorno.

Voy al centro de la ciudad una vez a la semana a comprar las faltas o al correo y, por todo el trayecto observo cómo crecen los microbasurales. Primero eran bolsas pequeñas, como si alguien las hubiera tirado desde un vehículo en movimiento, después fueron más grandes, bolsas compradas en supermercado para ese menester; crecieron con desechos como colchones, muebles construyendo un cordón que, de alguna manera, denuncia en quiénes nos vamos convirtiendo.

Y está también la pandemia. Cada mañana se puede leer en la prensa provincial cómo hay un nuevo evento social no permitido, grupos de personas que se reúnen sin guardar las mínimas normas que rigen para todos.“La gente hace su vida libremente, no le interesan las cifras de muertos , hospitalizados, graves.Total nadie los fiscaliza.” leo en el muro de una doctora ancuditana que ha estado todo el año trabajando en el servicio público. Entonces se alzan voces exigiendo medidas más estrictas mientras la realidad económica golpea – otra vez- a los pequeños comercios, a los que dependen de una cierta normalidad para poder generar recursos y sobrevivir.

Carreras clandestinas en las noches; conductores que no respetan la luz roja del semáforo.

¿Qué tienen en común estas escenas de la vida cotidiana? Alguien me dirá que estoy juntando peras con manzanas. Pienso que no, pienso que detrás o en los pliegues de cada uno de estos y muchas otras escenas actuales en nuestros pueblos, ha crecido como parásito un nido de malas conductas. Para toda convivencia se necesita un pacto de confianza, en eso está fundada la sociedad: se avanza cuando hay luz verde porque hay un acuerdo en que el rojo indica detención; se espera el turno porque hay personas que llegaron antes y llevan más tiempo esperando; se limpia lo que una ha ensuciado; se respetan los espacios que son de todos. Se actúa con el cuidado rigor de pensar que existen las consecuencias y hay otros a quienes afectan nuestras decisiones.

¿Es responsabilidad de las autoridades de turno? ¿Es culpa de empresarios inescrupulosos? ¿Es la ciudadanía que se ha vuelto indolente y que se contamina con una desobediencia cívica cada día más evidente? La respuesta, como en pruebas de selección múltiple es: todas las anteriores.

Nos falla el título de esta nota en todos los niveles: los administradores de la función municipal, los empresarios que buscan la ventaja económica y no el bien común y cada uno de nosotros que vamos olvidando el profundo sentido de compartir.

Nos alejamos del vivir comunitario que nos ha dado identidad. Siento que es necesario recordar siempre cómo los antiguos chilotes limpiaban el camino o sendero o el cementario (lugares comunitarios) además de lo que hacían en sus propios terrenos; los hijos los veían hacerlo, estaba legitimado por la comunidad y por lo tanto, se convertía en una conducta natural. Cuidaban el futuro también en la forma de pescar y mariscar. Cada gesto de su sacrificada vida estaba justificada porque pensaban en un mejor futuro para los suyos. Ahora, en este presente eterno, parece que el placer tan efímero sea el único destino.

¿Cuándo empezamos a necesitar cámaras y todo tipo de vigilancia sobre nuestras acciones? ¿cuándo se volvió incorrecto criticar / sancionar a quienes destruyen lo que es de todos? Preguntas que se han hecho en todos los tonos y tiene respuestas bastante claras. Lo que falta es recuperar la visión de bien común, trabajar por restablecer la confianza.

El Guardián del Mito: Rosabetty Muñoz

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