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Permanece muerto en su mar envenenado

Textos de Luis Mancilla Pérez.

Pasaron muchos años, nadie se acordaba de Otrura, ni de María Grande ni de Agustín Guerrero. Toda sombra de dolor y muerte estaba olvidada hasta que llegaron los años oscuros cuando obligados por el miedo todos aprendieron a respetar la autoridad militar para no ser encarcelados o enviados a algún lugar lejano. Se terminó esa dictadura y la gente se acostumbró a endeudar su alma para vivir de prestado y en los calurosos eneros poder comer corderos asados al palo, lechugas tiernas y sabrosas papas frescas; a vivir febreros de grosellas y manzanas madurando y que marzo fuera un mes de chicha dulce y abril amaneciera en murtas y álamos desnudando su altura en la delgadez de sus hojas amarillas cayendo a cubrir la tierra con sus ansias de renacer. Pero en abril del año aquel, el aire fue quedando sin lluvias y el mal olor de la muerte vino desde el mar, peces sin vida flotaron en las aguas quietas, la podredumbre de los cahueles varados en las playas nos encerró en las casas. El atardecer mal olía a mariscos muertos y los pájaros huyeron a esconderse en la espesura de los montes y no se atrevieron a volar, caminaban por la tierra buscando gusanos, y caminaban por las ramas buscando larvas. El mar y las playas fueron un lugar de muerte. No fue un apocalipsis repentino ya en diciembre del año anterior un maleficio de algas floreciendo fue matando los salmones que crecían encerrados en sus corrales, y la podredumbre de los salmones muertos fue envenenado el mar, y murieron los mariscos, los peces y los lobos marinos. A causa de esta catástrofe Ruperto Miranda “Mirandare” fue llenándose de deudas. No pudo pagar las cuotas del bote, ni el crédito del motor, ni la parafina de la lámpara petromax, no pudo reparar las redes. A cada santo debía una vela. Anduvo preguntando dónde cobrar el ingreso per cápita. Le dijeron que aquello no existía, y desesperado se construyó un cajón de ciprés y se declaró cadáver.

Cansado de su trasnochar de peregrino buscando caminos por un mar estéril sin encontrar los cardúmenes de sierras, rogando a diosito no importa si son jureles o algunas güelkas calumbrientas, me conformo con sardinas y algunos pejerreyes, y en la hondura de su desesperación salió a buscar los congrios y las mantarayas, el pejegallo, y cansado de solo encontrar bufidos de lobos, y alimentar patrancas que robaban las carnadas del fondeo, ahogado por las deudas decidió, mejor es estar muerto.

A su casa llegó la policía, lo vieron en su cajón con los ojos fijos mirando el techo.

¿Está usted muerto?, le preguntaron.

            Nada contestó. Le hicieron cosquillas en los pies, y se mantuvo impávido con la mirada fija en el cielo raso imaginando peces que en el mar flotaban a la deriva arrastrados por la corriente. El cura goñicho le ofreció una estampita de la virgen de los desamparados que había besado el sumo pontífice, y nada. El muerto parecía cadáver.

Las dos noches que estuvo en el salón velatorio del nieto de don Ficho Velásquez sus amigos jugaron truco, y recitaron versos de flores y envíos mientras vaciaban botellas y llenaban la memoria con recuerdos del difunto que permanecía hundido en su seriedad de muerto con la mirada pegada al cielo raso. En el velatorio después de los latines de los rezadores abundaron los discursos de la asociación de pescadores artesanales, el sindicato de estibadores, el Ramírez Fútbol Club, los centros de madres, las hermanas de la caridad de San Francisco, y también llegaron los vendedores de certificados de la autoridad que aseguraba a los recolectores que las algas no estaban envenenadas y autorizaba la venta del cochayuyo, el luche, las cholgas y las navajuelas secas, y los robalos frescales, todos ahumados y pescados antes que sucediera la catástrofe que obligó a Mirandare a declararse muerto.

Aburridos de tantas alabanzas y conmemoraciones los amigos de Mirandare dejaron las barajas, vaciaron las botellas de vino, olvidaron los recuerdos y decidieron que no podría haber funeral si al difunto no se le despedía como corresponde en los salones del cabaret y salón de baile El Vaticano y caminaron con su muerto al hombro por las calles vacías hasta el santuario de las noches alegres.

En homenaje al muerto la Sonora Tralalá con guitarras y maracas entonó lo mejor de su repertorio de cumbias, corridos mejicanos y boleros. Las mujeres del Vaticano ofrecieron al finado abrazos olorientos a colonia francesa, besos vinosos, agarrones y comentarios obscenos, y entonces la tentación causó el milagro. El muerto no pudo soportar tanta agonía, se vio obligado a regresar a la vida y se amaneció bailando cumbias, rancheras y boleros.

El resucitado no fue ningún santo milagrero, los paralíticos no caminaron, los ciegos anduvieron a tientas, las solteronas no se casaron, los políticos no quedaron mudos y los peces siguieron varando en las playas, la podredumbre de los mariscos muertos siguió espesando el aire. La pobreza nunca fue noticia nacional y a nadie se le ocurrió preguntar quién envenenó el mar que fue un paraíso hasta el día cuando los dueños del dinero decidieron hacer crecer peces en corrales, y llenar el mar de antibióticos, vitaminas, pesticidas, bacterias, toxinas y otras basuras, y llegó el tiempo que esos peces en sus chiqueros murieron infectados de enfermedades extrañas y por toneladas los fueron a botar al lugar donde antes pescaba Mirandare, y esa basura contaminada de males tecnológicos nos envenenó el mar y también la vida.

Territorio Cultural: Luis Mancilla Pérez

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