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El traidor y las ovejas rojas

Queriendo encontrar rastros de “Mata Negra”, el traidor que según relata Francisco Coloane.

Por: Luis Mancilla Pérez

Juan Guzmán Cruchaga; afirmado en el marco de la puerta de entrada del Consulado de Chile en Río Gallegos, Argentina, año 1921.

Queriendo encontrar rastros de “Mata Negra”, el traidor que según relata Francisco Coloane, colaboró con el ejército argentino durante represión de la huelga de los trabajadores de las estancias; descubrí los “Recuerdos entreabiertos” del poeta y Premio Nacional de Literatura, año 1962, Juan Guzmán Cruchaga, entre los relatos de ese libro aparecen recuerdos de su experiencia como cónsul de Chile en Río Gallegos; especialmente un relato que tituló “Un traidor”, el cual a continuación transcribo.

“La despavorida timidez de las ovejas les impide tomar camino por su propia cuenta. Siempre hay una que guía, que inicia la aventura, y detrás de ella siguen las otras.

El olor de la sangre en la época de la matanza las hace temblar de espanto y no avanzarían hasta el degolladero si los hombres no hubieran descubierto la manera de traicionarlas. Y es una oveja la traidora, una oveja que las dirige a la muerte. A esta oveja, especialmente amaestrada para guiarlas no se la mata. Por el contrario, sigue gozando del mejor pasto y de los mejores tratamientos. Pasa junto al jifero, que no la toca, y entrega, Judas del ganado, a sus compañeras.

Hubo, durante mi permanencia en la Patagonia, un traidor de los obreros, que tal vez había visto «trabajar» a la más negra de las ovejas porque de ella aprendió inconsciencia, frialdad y criminal estupidez.

El traidor era un fracasado corista de zarzuela y cómo sería su fracaso cuando en aquellos sitios, tan escasos de toda clase de espectáculos y adonde sólo las más mediocres compañías teatrales se aventuran, había perdido su ocupación y se había quedado sin recursos de ninguna especie.

De pronto se vio que el ex-corista disponía de dinero, los treinta denarios de Judas, y que recorría los caminos de las estancias deteniendo a los trabajadores aislados y obligándolos a formar grupos que debían, según sus consejos, declararse en rebeldía contra las autoridades, quemar las casas de las haciendas, entregarse al pillaje y asesinar a los que él acusaba.

Los obreros habían sido puestos en la estacada. Indefensos se les colocaba fuera de la ley y se les asesinaba en masa.

En todas partes se hablaba del crimen atroz. Varios cientos de trabajadores habían sido sacrificados en la pampa trágica. Aunque se pretendía encubrir la verdad nadie ignoraba lo ocurrido. Los heridos que alcanzaron a huir la contaban. Se sabía también que el ex-corista se había fugado a Buenos Aires y que estaba rico y a salvo.

Por fortuna su tranquilidad no fue duradera. Al poco tiempo su corazón traicionero se encontró con un puñal que llegaba seguro, inflexible, firme y derecho, movido por una mano y un justiciero corazón del sur”.

Mala memoria tenía el cónsul poeta o fue una oveja cómplice de aquellos que no nombra en su relato; el gobierno argentino que ordenó la represión, el teniente coronel Héctor Varela que ejecutó persecución y la despiadada matanza, los estancieros que pidieron la represión y financiaron la Guardia Blanca, brazo armado de la Liga patriótica argentina que participó ayudando al décimo de caballería en la persecución y fusilamiento de los huelguistas.

Para el poeta y cónsul de Chile en Río Gallegos nunca existió aquella huelga, y la matanza de obreros chilotes en la Patagonia argentina fue culpa de un  traidor, “un fracasado corista de zarzuela” que convencía a los obreros para se enfrentaran a las autoridades, incendiaran las estancias, “se entregaran al pillaje y al asesinato”; dice: “Los obreros habían sido puestos en la estacada. Indefensos se les colocaba fuera de la ley y se les asesinaba en masa”. Pero surge la pregunta; ¿quién en masa asesinaba a los obreros?, y se desarma toda la amnesia tergiversadora que esconde verdades, y aparece Pilatos que también fue Judas diciendo: “En todas partes se hablaba del crimen atroz. Varios cientos de trabajadores habían sido sacrificados en la pampa trágica. Aunque se pretendía encubrir la verdad nadie ignoraba lo ocurrido. Los heridos que alcanzaron a huir la contaban”.

El cónsul de Chile en Río Gallegos siempre mantuvo un silencio cómplice y una dedicación servil para defender los intereses de los poderosos; solicitó a las autoridades chilenas que el ejército custodiara la frontera, desde Aysén hasta el Estrecho de Magallanes, para que los forajidos que escapaban de la persecución del ejército argentino no se refugiaran en Chile. El cónsul nunca visitó ni interpuso queja alguna para ayudar a los obreros chilenos, mejor decir chilotes, que eran maltratados y torturados en la cárcel de Río Gallegos. El periódico El Trabajo de la Federación Obrera de Magallanes, denunció: “Las peticiones de justicia por tal o cual obrero chileno llegaban a la oficina del consulado, una tras otra, era lo mismo que ver llover. El representante chileno permanecía ciego, sordo y mudo a todos los clamores de las víctimas que pedían su auxilio”.

Era un representante del país, sin convicciones, valor, ni decencia, y no tiene remordimientos para tergiversar la verdad en un relato repleto de silencios.Más de mil obreros fueron fusilados en aquella sanguinaria represión, así lo denunció en el Congreso argentino un diputado que investigó la matanza más cruel de toda la historia obrera de la Patagonia, y para el ambicioso y egoísta cónsul chileno en Rio Gallegos, el único responsable fue “un fracasado corista de zarzuela” cuyo nombre esconde, no por mala memoria, por cobardía. Que duda cabe, con toda su mala leche, apunta al gallego Antonio Soto Canalejo que llegó a Río Gallegos en febrero de 1920 como tramoyista de una compañía teatral y se quedó como trabajador de playa para en mayo de ese año la asamblea lo eligiera secretario general de la Sociedad Obrera.Muestra su verdadera personalidad, un Judas sin escrúpulos, cuando repite el rumor que esparció la prensa conservadora, los estancieros, la policía, el ejército y algunos dirigentes obreros de Buenos Aires; que Antonio Soto escapó entregando a los obreros y se llevó los caudales sindicales. “Aunque se pretendía cubrir la verdad, – dice Guzmán Cruchaga-, nadie ignoraba lo ocurrido. Los heridos que alcanzaron a huir la contaban. Se sabía también que el ex-corista se había fugado a Buenos Aires y que estaba rico y a salvo”.

El modo como actuó este funcionario del gobierno durante aquella despiadada represión confirma la complicidad del estado chileno en la persecución, detención y fusilamiento de los obreros chilotes que participaron en la huelga del año 1921 en la Patagonia Argentina. Obreros que queriendo escapar de las matanzas encontraron las fronteras cerradas; nadie interpuso una protesta por el maltrato de los obreros encarcelados sin proceso ni acusación en la cárcel de la ciudad donde el poeta Juan Guzmán Cruchaga era representante diplomático de la república de Chile que nunca ha reconocido que,durante la represión de la huelga del año 1921, los derechos humanos de los obreros chilotes fueron vulnerados en la Patagonia Argentina.

Territorio Cultural: Luis Mancilla Pérez

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